“Timshel”: Steinbeck, responsabilidad y libertad

Hace algunos meses me topé con Viajes con Charley en busca de América en el aeropuerto O’Hare. Nunca antes había leído a Steinbeck, pero este libro estaba en mi lista. Como me encontraba viajando entonces, creí que el libro sería una compañía adecuada.

Al principio de Viajes con Charley, Steinbeck justifica su urgencia de salir de viaje de esta forma: “Siempre he vivido violentamente, bebido en exceso, comido mucho o absolutamente nada, dormido todo el día o pasado dos noches seguidas sin dormir, trabajado duro y por mucho tiempo o perdido el tiempo en pereza total. He levantado, jalado, talado, escalado, hecho el amor con gozo y tomado mis resacas como una consecuencia, no como un castigo.”

Esta cita resume muy bien la filosofía sobre la libertad y la voluntad que se encuentra en la obra de Steinbeck, donde no se romántica la libertad, no se la busca en la posibilidad de hacer lo que a uno le plazca, sino en la apropiación de las consecuencias de las acciones propias. La libertad reside en la responsabilidad individual por las acciones propias, buenas o malas, afortunadas o desatinadas. La libertad requiere un rechazo rotundo de la superstición y la fatalidad religiosa.

Más adelante en el libro, hay una anécdota sobre la vez que el autor asistió a misa en una pequeña capilla de Vermont. Después de describir el mal talante del sacertdote y su actitud directa y anticuada ante el pecado y el infierno, Steinbeck escribe:

“La misa le hizo a mi corazón, y espero que a mi alma, algún bien. Hacía mucho que no escuchaba un enfoque así. Es común ahora, al menos en las ciudades, enterarnos a través de nuestros sacerdotes psiquiátricos de que nuestros pecados no son eso, sino pequeños accidentes puestos en marcha por fuerzas más allá de nuestro control”.

El problema con la “naturaleza pecadora” de la humanidad que comparten varias religiones yace ahí: no es posible asumir la responsabilidad de algo que no es nuestra culpa, algo que no podemos evitar. Pero sin responsabilidad no puede haber elección, y sin elección no puede haber libertad. El sacerdote del que habla Steinbeck aseguró a todos en esa misa que, sin duda, arderían en el infierno si no se comportaban, un sermón que resultó prometedor para Steinbeck: se puede elegir, y si uno va a arder en el infierno, es por su culpa y la de nadie más.

“No había estado pensando muy bien de mí mismo por algunos años, pero si mis pecados tenían esa dimensión, aún quedaba algo de orgullo. No era yo un niño malo, sino un pecador de primera, y me iban a pescar”.

Este pasaje, particularmente memorable por su humor, presenta algunos aspectos clave de la filosofía de Steinbeck. Es nocivo buscar excusas por nuestras fallas (excusas en nuestras creencias, en nuestra crianza, en nuestra historia familiar, en nuestras circunstancias económicas), no sólo porque nos despoja del orgullo de cualquier logro (si nuestros errores no son culpa nuestra, entonces nuestros logros no pueden ser completamente nuestros), también porque altera por completo la luz bajo la que nos vemos. No hay peligro más grande que el de creer que no somos responsables de nuestras acciones.

Unas semanas después de leer Viajes con Charley, me compré una copia de Al este del Edén. No podía esperar para comparar el estilo de Steinbeck en su ficción con el de su memoir. La novela resultó desarrollarse alrededor del mismo dilema sobre la libertad, el libre albedrío y la responsabilidad.

Al este del Edén, como sugiere su nombre, es en muchas formas una reinterpretación del libro del Génesis, especialmente de la historia sobre Caín y Abel. La novela sigue varias generaciones de dos familias que se establencen en el valle de Salinas, California, a finales del siglo XIX: los Hamilton y los Trask.

Hay un capítulo maravilloso a la mitad del libro en el que los personajes discuten los trágicos destinos de Caín y Abel. Lee, un empleado chino en el rancho de los Trask, se detiene a observar cómo las diferentes traducciones de la Biblia cambian por completo el significado de la historia.

Cuando Dios, en el Génesis, se entera de que Caín mató a su hermano Abel, destierra a Caín al este del Edén y le dice: “Si hicieras bien, ¿no serías aceptado? Y si hicieras mal, el pecado yacerá en tu puerta”. Esta es la elección dada a Caín. Sin embargo, la siguiente parte varía dependiendo de la traducción. La Biblia del Rey Jacobo, una traducción al inglés de 1611, lee: “Y para ti será su deseo, y tú dominarás sobre él.” Esto es, como dice Lee, una promesa: Caín conquistará el pecado y, por consecuencia, es despojado de su libre albedrío.

Otra versión de la Biblia, la American Standard, lee: “deberás dominar sobre el pecado”, una orden que, de nuevo, anula la posibilidad de elegir. A Lee no le satisface ninguna de esas traducciones y acude al hebreo original. La versión en hebreo no dice “dominarás”, ni “deberás dominar”. La palabra en usada en el hebreo es timshel se traduce toscamente al inglés “thou mayest” y al español “puedes”, un verbo que implica capacidad y elección:

“… la palabra en hebreo, la palabra timshel — “puedes”— da opciones. Puede que sea la palabra más importante del mundo. Implica que el camino está abierto, lanza la pregunta al hombre. Porque si puedes hacer algo, es también cierto que puedes no hacerlo. ¿Lo ven? Eso hace al hombre grande, le da la estatura de los dioses, porque en su debilidad y en su suciedad y en el asesinato de su hermano, aún tiene la gran elección. Puede escoger su curso, pelear y ganar […] Pienso que el hombre es una cosa importante—quizás más importante que una estrella. Esto no es teleogía. No tengo inclinación hacia ningún dios. Pero tengo un nuevo amor por ese instrumento brillante, el alma humana. Es una cosa adorable y única en el universo. Es siempre atacada pero nunca destruida—porque timshel.”

Timshel, la palabra, es el motivo de toda la novela. Cada uno de los personajes que habitan el universo de Al este del Edén se topa con decisiones difíciles, algunas grandes y otras pequeñas. Pero no todos se consideran responsables de los caminos que escogen.

El mismo énfasis en la libertad que un Steinbeck más viejo escribiría en Viajes con Charley aparece en Al este del Edén. Y también aparece su creencia en que la literatura es un intento de explicar esta lucha, esta búsqueda de la libertad y el miedo ante la responsabilidad.

“Creo que sólo hay una historia en el mundo, y sólo una, que nos ha asustado e inspirado […] Los humanos están atrapados —en sus vidas, en sus pensamientos, en sus hambres y ambiciones, en su enojo y su crueldad, y en su bondad y su generosidad también—en una red de bien y mal […] No hay otra historia. Un hombre, después de sacudir el polvo de su vida, dejará solo la difícil y simple pregunta ¿fui bueno o malo?, ¿he hecho bien—o mal?”

Al este del Edén fue publicado diez años antes de Viajes con Charley. Ambos libros abordan un complejo concepto de libertad, una libertad que rechaza los dos mitos más populares sobre la humanidad: que las personas son buenas o malas. Un tipo de libertad que enfatiza la gran responsabilidad que viene con ser una persona: “Verás, ser una persona trae cierta responsabilidad. Es más que ocupar espacio en el que habría aire.”

Quizás es en esa responsabilidad y en su dificultad donde podemos encontrar la belleza de ser personas: si somos capaces de la mayor crueldad, también somos capaces de la mayor bondad. “Soy mío”, dice Caleb, el héroe de Al este del Edén, “y si soy malo, esa maldad es mía”.

Charley

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