De viajes y escritura: Steinbeck y Charley

John Steinbeck no sólo escribió algunas de las piezas de ficción más famosas de la literatura estadounidense, también poseía el raro talento de transformar cualquier evento cotidiano en una odisea, la observación más aparentemente inocua en una fascinante reflexión de algo mucho más vasto y complejo.

En 1962, Steinbeck publicó el libro autobiográfico Viajes con Charley en busca de América, la narración de una aventura junto a su poodle, Charley, a través de varios estados de los Estados Unidos, desde Maine hasta Texas, en busca de la “americanidad”, si esta existía.

El duo salió de Sag Harbor, Nueva York, en una camioneta convertida en casa rodante llamada Rocinante, en una misión que duraría tres meses. El propósito era conducir tanto como se pudiera, hablar con tanta gente como se pudiera, ver tanto como se pudiera y regresar a escribir algo, lo que fuera, sobre la “americanidad”.

Sin embargo, el mismo Steinbeck reconoce que la motivación real del viaje era una urgencia irracional de salir, de moverse, la necesidad de viajar por viajar, un sentimiento conocido para el autor: “Cuando era muy joven y tenía sobre mí la urgencia de estar en otro lugar, los adultos me aseguraban que la madurez curaría ese hormigueo. Cuando los años me describían como un adulto, el remedio recetado era la mediana edad. A la mitad de mi vida me aseguraban que la vejez calmaría mi fiebre y, ahora que tengo 58, quizás la senilidad hará el trabajo. Nada ha funcionado.”

Como suele pasar cuando alguien se sube a un auto con nada más que un tanque lleno y las ganas de estar en otro lugar, la aventura comenzó. Rocinante llevó a nuestros protagonistas en una misión que resultaría a la par imposible y reveladora, un viaje a través de las carreteras de Maine, los bosques de secoyas en Oregon, los estacionamientos de trailers en Dakota del Norte, encuentros con osos en Yosemite y amistades improbables en el desierto de Mojave.

Como libro, Viajes con Charley es maravilloso. Autobiográfico, sí, pero también un ejercicio de escritura, una reivindicación de la escritura como método de descubrimiento, de reconexión con lo que se ha visto, hecho, sentido, viajado. Para muchos el acto de escribir es, más que la consecuencia de vivir, una forma de entender lo vivido. Así para Steinbeck, quien no intenta recrear su viaje para nosotros, sino describir todo lo que está alrededor de su experiencia del viaje, apuntando siempre a la imposibilidad de encontrar la “americanidad” que buscaba.

El estilo simple y franco del libro, característico de Steinbeck, es también un recordatorio de que se escribe no para revivir la experiencia, sino para aproximarse a la experiencia. Quizás viajamos por la misma razón: durante el viaje nada es una historia, todo es experiencia. Después no podemos acceder a la experiencia— “No puedo siquiera imaginar los colores del bosque cuando no lo estoy viendo”, escribe Steinbeck—, pero podemos intentar narrarla y darle nuevos tintes, nuevos colores de entendimiento. Quizás sólo entonces nos damos cuenta de su importancia.

La naturaleza del viaje

“Una vez que el viaje ha sido diseñado, preparado y puesto en marcha, entra un nuevo factor. Un viaje, un safari, una exploración, es una entidad, diferente de todos los otros viajes. Tiene una personalidad, un temperamento, una individualidad, una unicidad. Un viaje es como una persona; ninguno es igual a otro. Y todos los planes, garantías, pólizas y coerciones son inútiles. Encontramos, después de años de esfuerzo, que no tomamos un viaje, el viaje nos toma a nosotros.”

Viajes con Charley comienza con la urgencia de Steinbeck por moverse, estar en otro lugar. Conforme avanza la trama, Steinbeck confiesa haber encontrado la misma urgencia en las personas que conoció en la travesía, pesonas que veían con envidia su camioneta y la libertad que representaba. ¿Por qué viajamos? ¿Podría ser que existe una necesidad biológica, un gen nómada aún presente en nosotros? Viajamos por razones diversas, pero el tipo de viaje que describe Steinbeck no es motivado por lo mismo que motiva unas vacaciones, sino por otras razones inexplicables, por esa necesidad de aventuras que comienza con el deseo de trasladarse, sin un destino en mente.

Escribir lugares

“Lo que escribo aquí es verdad hasta que alguien más pase por ahí y reconstruya el mundo a su manera.”

Esta es una frase que tengo presente cada que escribo en mi diario de viajes. He viajado con alguien para volver a casa con opiniones completamente diferentes del lugar que las de esa persona; he revisitado lugares para encontrarlos enteramente decepcionantes, completamente distintos de como los recordaba, y me ha pasado lo contrario también. Quizás lo más interesante de viajar es que te llevas a ti mismo donde vas, tus ojos y tus orejas, tus pies, tu boca, todos tus sentidos cambiantes.

Una narración escrita de un lugar puede dar cuenta del lugar en un tiempo determinado, bajo ciertas condiciones, y es por eso que viajar y escribir son expediciones sin fin. Nunca se puede conocer un lugar por completo, mucho menos escribir una versión definitiva de él, y ese es ya un motivo para seguir viajando: “Hay tanto para ver, pero nuestros ojos de la mañana describen un mundo diferente al de nuestros ojos de la tarde, y seguramente nuestros ojos cansados de la noche pueden sólo reportar el mundo cansado de la noche.”

En fin, encontré en este libro cientos de cosas en las que pensar y fue un inmenso placer leerlo. Una serie de ensayos a la Montaigne, mezclando lo personal con la crítica, todo entretejido con la historia de dos buenos amigos en un road trip. No se puede pedir mucho más.

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