Atisbos de luz: El Jilguero de Donna Tartt

Me hubiera encantado vivir en una novela de Charles Dickens. Me hubiera encantado porque, en los universos de Dickens, todo tiene sentido. El hecho más pequeño, un golpe en la puerta, un vistazo de una cara a través de una ventana, una silueta dibujada en la niebla, un sueño, una visión—todo significa algo. Leyendo a Dickens me deleitaba llegar al final para darme cuenta de que cada detalle, desde la primera página, llevaba sobre sí la carga de un destino inevitable, se dibujaba entre líneas una conclusión ineludible, todo era una pista.

Quizás, en el día a día, es más difícil ver las conexiones, interpretar los presagios, abrirse paso entre lo aleatorio y lo insignificante. ¿Es todo una coincidencia o simplemente no alcanzamos a ver los finos hilos que conectan todo acontecimiento? Esta es una pregunta que me hacía mientras leía El jilguero de Donna Tartt. Dickensiana en su estructura, maravillosa en su ritmo e increíblemente conmovedora, El jilguero es una de esas novelas que no sólo rescatan el género en su apogeo decimonónico, sino que lo traen a su máximo esplendor. El libro es una combinación incandescente de belleza, dolor y las preguntas más acuciantes que podemos hacernos a nostros mismos, además de un refrescante vistazo al mundo del arte y los museos.

“¿Pero qué si el corazón, por sus propias insondables razones, lleva a uno, a propósito y en una nuble de inexpresable luminosidad, lejos de la salud, la domesticidad, la responsabilidad civil, las relaciones sociales y todas las blandamente apreciadas virtudes, hacia una hermosa llamarada de ruina, auto inmolación y desastre?”

El jilguero es la historia de Theo Decker contada por él mismo. Es una autobiografía y un manifesto. Para él, todo gira en torno a la trágica muerte de su madre en un ataque terrorista en el Metropolitan Museum of Art en Nueva York cuando tenía 13 años. El incidente conecta irrevocablemente el destino de Theo con el de una pintura, El jilguero del holandés Carel Fabritius, maestro de Vermeer y pupilo de Rembrandt. Lo une también a una oscura tienda de antiguedades en Nueva York, Hobart & Blackwell

Para Theo, la muerte de su madre hace un corte claro y profundo en el tejido de su vida: había un antes, cuando todo era más feliz, un antes borroso, iluminado por una luz tenue pero cálida, y un después marcado por la soledad y la lucidez de una mañana invernal. Su estatuto de huérfano lo lleva a la casa de los Barbour en Park Avenue, después a la casa de su antes desaparecido padre en Las Vegas y finalmente de vuelta a la tienda de antiguedades. El camino de Theo está plagado de amistades improbables, drogas, amor no correspondido e incluso algunos roces con el mercado negro de arte. Y conectándolo todo, está El jilguero.

“Y espero que haya una mayor verdad sobre el sufrimiento, o al menos sobre mi forma de entenderlo—aunque he llegado a darme cuenta de que las únicas verdades que me importan son las que no puedo comprender. Lo misterioso, lo ambiguo, lo inexplicable. Lo que no encaja en una historia, lo que no tiene una historia. Los destellos brillantes de una cadena que apenas está ahí. Un parche de luz sobre una pared amarilla. La soledad que separa a cada criatura viviente de cualquier otra criatura viviente. La tristeza inseparable de la alegría.”

No puedo expresar cuánto disfruté leyendo este libro. Quizás “disfrutar” no es la palabra adecuada. Es un libro triste, pero lo leí obsesivamente, siempre asustada de llegar al final. Como una pintura, esta novela está hecha de luz. Está hecha de un millar de pinceladas, algunas rápidas, algunas lentas, unas violentas y otras delicadas, un millón de colores, sombras y texturas hechas por un mismo pincel: el punto de vista de Theo.

El narrador es, por cierto, una de las cosas que más disfruté de la novela. Como Jane Eyre, Theo es un gran narrador, uno que mezcla sus recuerdos con sus reflexiones de la forma más exquisita. El ritmo de la novela también es notable, su tiempo es el “tiempo de la mente”, como diría Woolf: algunos periodos largos de tiempo pasan un par de párrafos, mientras que algunos instantes—una tarde dorada de verano, un vistazo del jilguero, un viaje con LSD—permanecen por páginas, como en cámara lenta.

Si hubiera que describir El jilguero con un tema, sería la belleza. ¿Puede tener la belleza un sentido por sí misma, en vez de ser un accesorio del sentido? En la vida de Theo sí, pues hay belleza en las más terribles circunstancias, y son los acontecimientos más trágicos los que lo llevan, a través de callejones oscuros, hacia la ella.

“Y sigo pensando también en la sabiduría más convencional: es decir, que la búsqueda de la belleza tiene que ir casada a algo más significativo. ¿Pero qué es eso? ¿Por qué soy como soy? ¿Por qué me importan tanto las cosas equivocadas, y nada las cosas correctas? O, para ponerlo de otra forma: ¿Cómo puedo ver de forma tan clara que todo lo que amo y me importa es una ilusión, y que aún así,a l menos para mí, lo único por lo que vale la pena vivir está en ese encanto?”

En la novela de Tartt la belleza yace en las conexiones, en la unión entre eslabones y no al final de la cadena. No hay sentido en el destino, sino en los atisbos de luz que se cuelan entre las grietas de un camino que parecía uniforme. Por eso Theo no es un villano, sino un héroe errado, un héroe honesto, atormentado. El jilguero es la novela Dickensiana de nuestro tiempo (y vaya que nos hacían falta), una novela que no ofrece finales felices ni sentido, sino una que crea sentido en su propia composición, que dota de sentido su propia belleza.

“Lo que sea que nos enseñe a hablar con nosotros mismos es importante; lo que sea que nos enseñe a cantar para salir de la desesperación […] La vida—lo que sea que es— es corta. El destino es cruel, pero quizás no aleatorio. La Naturaleza (es decir la Muerte) siempre gana, pero eso no significa que hay que hincarse ante ella. Quizás aunque no siempre estemos contentos de estar aquí, es nuestra tarea sumergirnos de cualquier modo: abrirnos el camino a brazadas en este vertedero, mientras mantenemos nuestros ojos y nuestro corazón abiertos. Y en medio de nuestra muerte, mientras nos levantamos de la materia orgánica para hundirnos de nuevo, ignominiosamente, en ella, es una gloria y un privilegio amar lo que la Muerte no puede tocar. Porque si el desastre y el olvido han seguido a esta pintura a través del tiempo, también lo ha hecho el amor. En la medida en que el amor es inmortal (y lo es), tengo una pequeña, brillante e inmutable parte en esa inmortalidad. Existe y sigue existiendo.”

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